Ninguna idea marxista ha sido más influyente que aquella que divide a la sociedad capitalista en dos clases sociales: el empresario y el trabajador. Desde esta perspectiva el empresario es aquel que posee los medios de producción y por lo tanto está en posición ventajosa frente al trabajador, el asalariado que indignamente está condenado a alquilar su fuerza de trabajo, su capacidad técnica y conocimiento.
Y esa es la base de todas las doctrinas igualitaristas, y buena parte de las intervencionistas, que afirman que es la propia superestructura capitalista la que sostiene este supuesto sistema de privilegios, en que unos están condenados a ser asalariados, y otros a tener el poder y los medios de producción para siempre.
Veamos. Lo único que necesita el capitalismo es alguna forma institucional --no necesariamente el estado-- que proteja la propiedad privada, la vida de los individuos, y su libre asociación e intercambio de bienes y servicios. Es decir, la libre práctica económica. Todo lo demás, que desde algunas posturas ideológicas se suele atribuir al capitalismo, y que de alguna manera obstaculiza o limita el respeto a la propiedad privada, y el libre intercambio y asociación, mediante impuestos, subsidios, aranceles, proteccionismo, devaluación, licencias, monopolios, etc., es intervencionismo estatal y no tiene ninguna relación con ninguna estructura destinada a "sostener" al capitalismo, sino al contrario, lo obstaculiza. Y de hecho, son intervenciones que sostienen un sistema de privilegios que tienen orígenes políticos ajenos al desarrollo del capitalismo, y que se ejerce desde el poder incrementado del estado, que se convierte en instrumento para mantener esos privilegios.
De esta manera, lo único que queda para analizar en relación a esa supuesta superestructura capitalista destinada a mantener privilegios de empresarios frente a trabajadores, es la defensa de la propiedad privada y las garantías legales a la libre asociación e intercambio económico y al cumplimiento de los contratos. Este análisis lo voy a concentrar en lo primero: la defensa de la propiedad privada.
Toda la teoría marxista del capital, y las ideologías que se basan en ella, fundamentan el privilegio, el poder de "la clase empresarial" en la propiedad privada de medios de producción. Sin embargo, como veremos, de acuerdo a esta perspectiva la sociedad sería un sistema estático, estanco. Algo que no se condice con la realidad de las sociedades con un mínimo grado de desarrollo capitalista.
La acción humana es un constante motor de cambios. Empresas --incluso las más grandes y poderosas-- que caen en la bancarrota todos los días. Nuevas empresas que surgen. Pequeñas empresas que tienen éxito y crecen. Grandes empresas que fracasan y deben achicarse. Antiguos asalariados que montan su propia empresa y tienen éxito. Otros que no lo tienen. Investigue también el lector cuál es el origen socioeconómico de la mayor parte de los grandes --o no-- empresarios de la actualidad.
Bajo libre competencia todos los empresarios, por más "poderosos" que sean, deben adaptarse a los deseos cambiantes de los consumidores y de la capacidad de la competencia de mejorar su oferta. Y si no lo hacen, sucumben o pierden enormes sumas de dinero. Evidentemente, pensar que poseer medios de producción es un privilegio que se sostiene por sí mismo es una completa contradicción con la experiencia de todos los días en el ambiente que nos rodea. No basta con ser poseedor de los medios de producción para asegurarse un estatus social.
Si en los hechos en muchos casos no sucede de esta manera, es porque el intervencionismo estatal los beneficia con la devaluación de la moneda, con regulaciones que protegen sus monopolios u oligopolios, con impuestos que sólo los más grandes pueden pagar, con subsidios de toda clase, mediante créditos del sistema bancario público, endeudamiento público, aranceles y bloqueos a las importaciones que los protegen de la competencia externa, y un sinfín de etcéteras.
Entonces, ¿en qué consiste ser poseedor de los medios de producción? En estar atado a los deseos de los consumidores, es decir, en atender a la demanda. Eso siempre y cuando estemos hablando de un mercado no intervenido por el estado. Y sin embargo, son los propios intervencionistas y socialistas los que demandan intervenir el mercado y al mismo tiempo lo justifican en la base de que es necesario limitar "el poder" de los grandes empresarios. No se dan cuenta que bajo un estado que se limita exclusivamente a garantizar la libertad económica, el poder de cada empresa está limitado por el poder de todas las demás y de las que pueden establecerse, y la decisión de los consumidores. Poseer los medios de producción no da ningún poder por encima de los demás. Y no poseerlos, tampoco pone en desventaja a nadie. El asalariado también disfruta del producto de los medios de producción. Y el asalariado es tan valorado en el mercado de trabajo, como los medios de producción en su mercado. Incluso hay asalariados que ganan mucho más que la mayoría de los propietarios de medios de producción.
La teoría marxista de que el origen de la renta proviene del capital es insostenible. Bajo libre mercado, las ganancias empresariales (llámese renta, tasa de interés o como sea) siempre provienen de la diferencia entre los precios del producto final y los costos de los factores de producción. Y ningún empresario, por más "poderoso" que se lo denomine, tiene el poder de fijar los precios por sí sólo. Los precios se fijan en una complejísima interacción de todos los actores económicos: consumidores, proveedores, empresarios, trabajadores.
Además, allí donde hay mayores ganancias --y el estado no prohibe u obstaculiza la libre competencia-- hay más espacio para ser llenado por nuevos emprendimientos. Y allí donde hay espacio para ser llenado por nuevos emprendimientos, hay oportunidades para cualquiera que se las ingenie y descubra ese espacio. Sea el más rico empresario o el más humilde trabajador.
No importa si el trabajador humilde no cuenta con capital. El capitalismo ha desarrollado su propio y más efectivo sistema igualador de oportunidades: el mercado de dinero, o sistema financiero. Sí, nada menos. Y sin embargo, es el foco de ataque más encarnizado de los igualitaristas y anticapitalistas, simplemente porque provee un servicio, una oportunidad, a cambio de algo: las tasas de interés.
Pero ¿acaso no es una constante en todo el complejo de la división social del trabajo? ¿acaso en una sociedad capitalista o incluso en la más socialista de las sociedades, alguien trabaja y produce para el resto de la sociedad sin pretender recibir nada a cambio?
Además, la existencia de las tasas de interés --el precio del dinero-- cumple un papel muy importante, el mismo que cumple el precio de cualquier otro factor de producción, y que también depende de la oferta y la demanda. Y es su carácter selectivo: el nivel de las tasas de interés es un costo de producción, y si este nivel es un costo demasiado alto para el nivel de rentabilidad de un emprendimiento particular, es porque hay emprendimientos más rentables que demandan dinero y pueden afrontar ese costo. Y más rentable significa que la demanda es lo suficientemente alta en relación a la oferta, es decir, que hay una fuerte demanda por atender, y mayor que la demanda de emprendimientos menos rentables. De esta manera el nivel de las tasas de interés bajo un mercado no intervenido permite dirigir los recursos de capital hacia donde más se necesitan, y hacia donde hay más espacio para el ingreso de mayor competencia, y por lo tanto también de mayores fuentes de trabajo y desarrollo, y un incremento de los salarios a instancias del incremento en la demanda de trabajadores.
¿Qué pasa si las tasas de interés directamente se manipulan hacia abajo? Sencillamente que se deteriora este mecanismo y se da la posibilidad de desarrollo de emprendimientos menos importantes para la sociedad, en perjuicio de emprendimientos más importantes, evaluando esa importancia nada menos que en términos de atención de la demanda insatisfecha, desarrollo y creación de fuentes de trabajo.
¿Qué pasa si se emite dinero para incrementar su oferta y así bajar las tasas de interés de manera indirecta? Se genera una demanda adicional de los factores de producción disponibles, y por lo tanto una indisponibilidad que afecta la concreción de los emprendimientos, desde los más rentables a los menos rentables. Como en el inicio del incremento de la demanda adicional, los precios no reflejan la relación entre oferta y demanda, los cálculos iniciales de rentabilidad se ven falseados, y esta indisponibilidad no es detectada por los empresarios, que se introducen en inversiones que luego no pueden ser concretadas. Es el conocido efecto boom de las políticas inflacionarias: grandes tasas iniciales de crecimiento de la economía, que son una ilusión porque luego se viene todo abajo como un castillo de naipes bajo el menor soplido. Una ilusión muy funcional para los políticos cortoplacistas y populistas que después muestran lindas cifras de crecimiento a instancias de una tasa de inflación manipulada o incluso retenida con control de precios y retención de exportaciones.
El desarrollo del capitalismo es la historia de un volumen creciente de oferta de bienes y servicios a cada vez menor costo, y del nivel creciente de los salarios reales. Basta comparar la capacidad de consumo general en la sociedad de nuestros abuelos en comparación con la nuestra. Y el desarrollo del capitalismo también es la historia de un volumen creciente de la disponibilidad de dinero en el mercado de crédito a cada vez menores tasas de interés. Este volumen creciente de oferta genuina de dinero (es decir, que no es de origen inflacionario) es el producto nada menos que de la acumulación capitalista: otro de los demonios del anticapitalismo.
Aquellos que ahorran, colocan su dinero en los bancos incrementando así la oferta financiera de dinero (no la oferta neta de dinero) y ofreciendo tasas de interés más competitivas, que crecen gradualmente a medida que las condiciones del desarrollo lo va permitiendo. Quienes ahorran en un banco eligen obtener menor rentabilidad (en este caso, interés a los depósitos) que si directamente invirtieran su dinero, a cambio de mayor seguridad. Pero de esta manera están dando la oportunidad de que otros --aquellos que no cuentan con capital-- dispongan de ese dinero. Y sin los efectos de escasez inflacionaria, puesto que al mismo tiempo que se incrementa la demanda de los destinatarios de los préstamos, los ahorristas que generan esa disponibilidad de dinero se están absteniendo de demandar, pues es ese el origen de sus ahorros: comprar, medido en términos monetarios, menos de lo que venden, bajo una sana estructura de precios suavemente separada del estado de equilibrio (que, por otro lado, nunca se alcanza).
Bajo la más o menos libre asociación e intercambio que ha imperado en un más o menos desarrollado capitalismo, el ingenio humano ha creado otros mecanismos que terminan borrando totalmente la separación entre asalariados y capitalistas. Hablamos del mercado de acciones, bonos emitidos por empresas para capitalizarse a cambio de una porción de las ganancias de la empresa concedida al propietario de dichos bonos. En las sociedades capitalistas más desarrolladas de la actualidad, una gran parte de las acciones y los depósitos son propiedad de asalariados y jubilados.
Nótese un hecho muy interesante: que la teoría marxista se desarrolló en la época inicial del desarrollo del capitalismo, cuando la movilidad en el estatus social era mucho más rígida, y el capital disponible acumulado muy reducido. En realidad son condiciones heredadas del orden y las condiciones sociales vigentes antes de la llegada del capitalismo. Y esto dió la apariencia de las clases sociales que todos conocemos. Pero es el propio desarrollo del capitalismo el que crea las condiciones para la superación de esas limitaciones. La teoría marxista se fundamentó en la observación una sociedad que ya no existe allí donde al capitalismo se le ha permitido crecer y ha dado sus frutos, y en generalizaciones que nunca fueron válidas, sino que sólo encajaron temporalmente en una sociedad precapitalista.
Es hora de desterrar definitivamente viejas doctrinas inútiles que no están tan desterradas como algunos piensan. En el imaginario social el marxismo sobrevive fuertemente arraigada, probablemente alimentado y sostenido por una especie de envidia a quienes logran más éxito. En términos psicoanalíticos, en la actualidad las ideas marxistas tal vez no sean más que la racionalización de una envidia inconscientemente censurada.