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Monday, January 02, 2017

Liberalismo orientado a la resolución de conflictos

Muchas veces frente a la urgencia provocada por ciertos sucesos de la realidad y la dificultad de asimilarlos apropiadamente en un marco teórico o filosófico determinado, muchos defensores de ciertos principios filosóficos y éticos, terminan aceptando ideas conflictivas entre sí, sin percatarse de ello, o directamente sin preocuparse demasiado de tales conflictos, y dejando para más adelante su resolución, pero dejando a generaciones futuras con una carga dogmática que les cuesta sacarse de encima. Parece que absolutamente nada de los principios e ideas establecidas por generaciones anteriores puede tocarse, sin advertir que es inevitable hacerlo puesto que los conflictos lógicos, que bajo una realidad pasada no planteaban serios problemas --sino por el contrario, aún aparentaban proveer una solución--, a medida que la realidad cambia comienzan a ser problemáticos, y en lugar de ayudar a entenderla, por el contrario, tenemos defensores que la niegan con tal de no dejar en evidencia tales contradicciones ni abandonar un ápice nada de lo dicho anteriormente. Y tal problema se manifiesta transversalmente en todas las generaciones, desde las más jóvenes hasta las más veteranas.

Y eso pasa también con el liberalismo. Hace un tiempo me vengo sintiendo decepcionado de gran parte de los liberales en este sentido, que parecen anclados en ideas que hoy más que nunca se muestran conflictivas entre sí, frente a realidades que no comprenden y que prefieren negar, antes que entender o aceptar que tales posturas a través de las cuales las miran son claramente inconsistentes.

Con esto no quiero decir que basta un conjunto de ideas lógicamente consistentes para entender la realidad de forma exitosa. Lo que digo es que una condición absolutamente necesaria, no suficiente, para ello, es la consistencia lógica. Puesto que si no hay consistencia lógica, se está afirmando al mismo tiempo una cosa y su contrario, al describir la realidad y cómo debemos actuar. Por lo tanto, jamás puede ser exitoso un enfoque con aspectos lógicamente inconsistente, excepto si los hechos de la realidad aún no ha sido los suficientes para ponerlos a prueba.

El problema pasa a ser entonces cómo resolvemos tales inconsistencias y qué descartamos. En mis discusiones con liberales sobre tales temas conflictivos me he encontrado de todo. Desde quienes pretenden criminalizar, perseguir y hasta eliminar a los que no aceptan los principios del liberalismo, a quienes no aceptan el menor grado de violencia sin advertir que muchos conflictos de libertades sólo se pueden resolver forzando a una parte a ceder.

Debemos partir de la base que el adjetivo 'libre' no quiere decir que automáticamente algo deba ser aceptado por las ideas liberales y libertarias. Este enfoque ingenuo de algunos --liberales o no-- no advierte que la libertad de unos de hacer algo determinado frecuentemente entra en conflicto con la libertad de otros de hacer eso mismo o algo diferente. Y por lo tanto se necesitan criterios para resolverlos, primero en base a qué libertades preceden a cuáles, y luego, aplicando el menor nivel de violencia posible, empezando por la negociación de las partes. Hay que ser maduro y entender que en muchos casos el conflicto sólo podrá resolverse mediante la aplicación de violencia a una de las partes, y por tanto violentando alguna libertad, ya que no podemos pensar que siempre ambas van a ceder a la razón o a la decisión tomada. Pero tal violencia ha de ser la menor posible que permita resolver el conflicto.

Cuál es la escala de valores a aplicar --qué libertades preceden a cuáles--, y cuáles son los mecanismos de resolución, son fundamentales para separar la paja del trigo y determinar el futuro de las ideas de la libertad y las distintas clases de 'liberalismo'. El problema no es menor ya que, dependiendo de cómo se definan ambas cosas, se termina desembocando en resultados muy diferentes, al punto que utilizar la etiqueta 'liberalismo' o 'libertarianismo' para todos ellos termina perdiendo sentido. De hecho muchos liberales no advierten que su escala de valores y sus mecanismos de resolución, lejos de conducir a un mundo más libre puede muy bien terminar en el resultado opuesto, como consecuencia de todo lo antedicho: principios lógicamente conflictivos y escaso apego a la realidad.

Por lo tanto, el primer paso es entender que el liberalismo debe plantearse en términos de resolución de conflictos y no de aplicación ciega y abstracta de ciertos principios sin pensar en sus consecuencias, creyendo que todos los conflictos se van a resolver mágicamente donde hay cierto grado de institucionalidad liberal, mercado y capitalismo, y sin aplicar ni un mínimo de violencia. O por el contrario, creyendo que la mejor manera de resolver el conflicto es asesinando a una de las partes. Lo segundo seguro funciona mejor para resolver conflictos en el corto plazo, con toda seguridad, pero está muy lejano a la forma que un liberal debería intentar resolverlos: con la menor violencia posible. Además a largo plazo es tan peligroso para la libertad como el primer enfoque.

Y si la mayoría de los liberales son incapaces de desarrollar este proceso de asimilación, entonces van a seguir siendo incapaces de aportar soluciones a conflictos que existen pero que niegan que existan, y así seguirán quejándose de que posturas estatistas --extremas y no tanto-- sean las que tomen el poder en esta nueva rotación ideológica que parece estarse dando. Dado que esas posturas como mínimo hacen algo que muchos liberales no son capaces de hacer: aceptan la existencia de ciertos conflictos en lugar de minimizarlas o ignorarlas, y se nutren políticamente de ellos ante la pasividad e ingenuidad liberal.

Las ideas que quiero exponer las vengo desarrollando desde hace mucho tiempo. En varios de mis artículos anteriores se va viendo el enfoque e ideas base que yo le doy al liberalismo y a la resolución de conflictos. Como antecedentes del presente artículo, enumero los siguientes:

Libertad y cultura


Más arriba expresé que «Hay que ser maduro y entender que en muchos casos el conflicto sólo podrá resolverse mediante la aplicación de violencia a una de las partes, y por tanto violentando alguna libertad, ya que no podemos pensar que siempre ambas van a ceder a la razón o a la decisión tomada. Pero tal violencia ha de ser la menor posible que permita resolver el conflicto.»

Sin embargo, muchos liberales son incapaces de asimilar esto, se refieren a la libertad como algo abstracto y entienden que cualquier violencia o limitación de alguna libertad a un individuo es contrario a los valores liberales, cuando la realidad es que la libertad como parte de una cultura, la única que tiene existencia real, no puede sostenerse sin un mínimo de violencia y por tanto, sin la violación de alguna libertad para resolver conflictos que no pueden resolverse de otra manera.

La libertad no es un ente mágico, una abstracción, a la cuál mágicamente quedan sometidas las personas que llegan a un lugar determinado. La libertad reside en una cultura, es una tradición. Entender esto es fundamental para entender por qué los cambios demográficos e ideológicos afectan a la libertad. Es muy curioso que la mayoría, sino la totalidad, de quienes defienden la libre inmigración basados en que la libertad actúa con piloto automático obligando de alguna forma a todos a ajustarse a ella, son los primeros en ser antinacionalistas con el argumento exactamente opuesto: que la cultura nacionalista amenaza a la libertad. ¿Cómo es que esa libertad abstracta no frena a los nacionalismos locales pero sí frena y neutraliza a los nacionalismos y creencias religiosas fuertemente antiliberales de muchos movimientos migratorios? Los mismos que rechazan los nacionalismos con la explicación de que son un peligro para la libertad, ¿no consideran un peligro para la libertad la afluencia de masas de personas con una religión profundamente antiliberal? ¿Por qué todos los nacionalismos son amenazas para la libertad pero una religión o cualquier otra clase de creencia grupal no lo es? En ambos casos podemos usar y abusar del argumento del colectivismo. Es evidente que algo no cierra en ese enfoque.

No sólo la libertad no es un piloto automático. La libertad es una tradición extremadamente delicada y débil, difícil de sostener sin una constante vigilancia contra cualquier desvío. Y para ser afectada, es suficiente un mínimo cambio demográfico y cultural. ¿Por qué es esto? Precisamente, porque a diferencia de cualquier otra ideología política, intenta resolver conflictos de la forma menos violenta posible. Una neta mayoría, sobre el total de la población, de personas deseando libertad bajo un régimen autoritario o totalitario, es fácilmente controlable a través de un nivel de violencia muy superior de lo que una sociedad liberal jamás estaría dispuesta a aceptar. Hasta el asesinato y el genocidio son recursos posibles para tal fin. En cambio, basta una muy pequeña proporción demográfica de personas incapaces o no dispuestas de respetar una cultura de libertad, para que ésta sufra consecuencias graves en una sociedad relativamente liberal.

Libre inmigración


Por lo tanto, cualquiera que utilice el argumento del colectivismo contra el nacionalismo --y antes, contra las religiones, fenómeno que últimamente parece ser ignorado para no ofender los sentimientos de 'las nuevas víctimas'-- bajo sus propios argumentos jamás podría decir que la libre inmigración no puede afectar a la libertad y que, por el contrario, las instituciones liberales dominan la situación de forma automática y mágica. Cuando lo hacen establecen una obvia contradicción lógica interna.

Es decir, la libre inmigración encierra los mismos peligros que quienes la defienden le atribuyen a todos los nacionalismos. Los movimientos migratorios no son necesariamente malos o buenos. Hay y hubieron de los buenos, que enriquecieron a la cultura que los recibió sin afectar o hasta favorecer las tradiciones de libertad. Pero de allí no se puede deducir que todos son buenos. Y a la inversa, el rechazo a la libre inmigración no implica afirmar que son todas malas y que hay que evitarlas. Quienes así razonan no parecen captar la diferencia que hay entre las fronteras cerradas a toda inmigración, y la discriminación inteligente y controlada. Ya incluso si se admite la entrada de individuos para trabajar para una empresa o persona, existe una enorme limitación a la inmigración, con lo cual puede perfectamente coexistir el control migratorio y el libre mercado.

Por otro lado, como largamente expuse en Libertarianismo y libre inmigración , si partimos de que tanto la propiedad privada o el libre separatismo son principios fundamentales de las ideas libertarias, éstos conducen a la libre asociación y al derecho de admisión, ambos contrarios a la libre inmigración. Los liberales que responden a este argumento no captan el punto cuando manifiestan que en la situación actual estamos hablando de estados arrogándose el derecho de admisión, no de espacios privados o de libre separatismo. No advierten que al responder esto, están admitiendo de todas formas que los principios liberales por sí sólos no son suficientes para conducir a la libre inmigración, sino que están agregando una condición adicional, en este caso, la existencia de un estado. Es decir, a menos que eliminemos del liberalismo la propiedad privada y la libertad de asociación, o agreguemos otras condiciones adicionales (existencia de estado más una explícita prohibición de que controle la inmigración en su territorio), no hay argumento alguno para incluir la libre inmigración dentro de sus principios.

Y si no aceptamos el libre separatismo ni la libre asociación como principios del liberalismo, terminamos inevitablemente en la existencia de un gran estado o supraestado mundial sin fronteras que impone una idea única a todos los habitantes. A este enfoque lo llamaría totalitarismo liberal, ya que no permite otras opciones de vida y organización social que no sea la liberal. A pesar de este obvio carácter totalitario sin embargo, muchos liberales lo defienden. Por otro lado, ignoran el peligro de un estado mundial para las propias ideas liberales, al asumir que jamás va a haber un cambio de poder que comience a utilizarlo con otros propósitos. Ademas, la única manera de resolver cierta clase de conflictos bajo una sociedad semejante, es criminalizando el pensamiento diferente, es decir, ejerciendo un nivel de violencia mucho mayor al mínimo posible.

Por lo tanto, es inconsistente plantearse el problema de la libre inmigración como una libertad más que no puede violentarse y que hay que respetar, cuando lo que hay no es una simple prohibición de una libertad, sino un conflicto que hay que resolver como tal, con el menor nivel de violencia posible.



Libertad, Nacionalismo y Religión


El nacionalismo, ¿es malo? ¿es bueno? Los liberales antinacionalistas por principio, partiendo de la libertad como abstracción, dicen que siempre es malo, que no pueden haber nacionalismos buenos y nacionalismos malos. Como planteé antes, es curioso que últimamente para ellos las religiones no siempre son malas.

Lo cierto es que, tanto el nacionalismo como la religión como cualquier otra creencia grupal o colectiva, por ser tales no son ni malas ni buenas, ni liberales, ni antiberales. Simplemente, son. Son un hecho de la realidad. Y probablemente nunca van a dejar de existir sentimientos de pertenencia a algún grupo. Y así como hubieron y hay nacionalismos y religiones profundamente antiliberales, hay nacionalismos y religiones que no sólo no lo son, sino que hasta son un freno fundamental a la expansión de religiones y nacionalismos más amplios y poderosos, que sí pueden conducir a amenazas mucho más graves a la libertad.

El nacionalismo por sí sólo no genera violencia. La religión tampoco. Y lo mismo aplica a cualquier sentimiento de pertenencia o creencia. La violencia asociada a estos fenómenos es originada cuando no se respeta la opción de otros y se pretende imponer la propia. Y esto puede pasar, y pasa y ha pasado, con cualquier ideología, hasta con el liberalismo mismo. Sin embargo, muchos liberales sólo pueden ver el nacionalismo alemán o italiano que condujeron a la segunda guerra mundial, como si el fenómeno se completara con esos ejemplos. Durante esa época, acosados por la realidad de tales circunstancias, surgió una larga lista de liberales antinacionalistas que no digirieron bien el fenómeno. Pero eso no puede ser excusa para seguir sostendiendo la confusión.

Por otro lado, los nacionalismos también pueden perfectamente evitar conflictos y por lo tanto guerras, al separar lo diferente. Los antinacionalistas no advierten que pretender juntar a la fuerza culturas y visiones diferentes y no permitir opciones de organización social distintas, son causas de conflictos graves que hasta conducen a la guerra. Es ingenuo y falso creer que sólo los nacionalismos pueden crear conflictos y guerras, cuando de hecho el antinacionalismo los puede provocar aún peores. Bajo un marco cultural de respeto a las diferentes opciones de vida, el nacionalismo es una opción más que permite que diferentes grupos humanos se organicen como mejor les parezca sin molestar a otros. En cambio, el rechazo a todo sentimiento de grupo conduce a que todos deben ceñirse a un único modo de organización social.

Organizaciones supranacionales


Muchos liberales creen necesario un poder central que controle a los diferentes gobiernos para evitar el abuso contra sus ciudadanos. Semejante ingenuidad no contempla en absoluto la posibilidad de los abusos del gran supraestado central ni el hecho de que dichos abusos son ejercidos hacia grupos humanos y territorios mucho más amplios, y por tanto escapar de ellos se hace mucho más difícil. Y si un estado pequeño puede abusar de sus ciudadanos, ¿por qué uno más amplio no? De hecho cuanto más amplio, más peligroso. Pues cuanto más pequeños son los estados, mayor competencia hay entre ellos para que empresas y personas se establezcan en su territorio, ya que es menos costoso escapar de la influencia de uno para moverse hacia otro menos agresivo. De esta manera tienden a ser más competitivos, con menor peso fiscal y regulatorio. Esta competencia y limitación del poder de los gobiernos es aún mayor cuando el separatismo se convierte en una amenaza real hacia ese poder (La Sociedad Libre). Es decir, la multiplicidad de estados, y cuanto más pequeños mejor, conforman ya un sistema de contrapesos que limitan el poder y arbitrio de los gobiernos sobre sus ciudadanos, sin necesidad de un supraestado regulador que, lejos de ser una solución es, por el contrario, fuente de amenazas mucho más graves, precisamente por la ausencia o escasez de contrapesos.

Esta idea de poder central de muchos liberales se manifiesta sobre todo frente a la amenaza de separatismos promovidos por movimientos menos liberales en comparación con el estado del cual pretenden separarse. Y aquí se ve otro aspecto del liberalismo totalitarista que mencioné antes. Se comportan igual que aquellos autoritaristas que defienden la idea de una justicia que legitime todas las acciones del gobierno, cuando son sus ideas las que están en el poder. En su arrogancia de creer que van a gobernar por siempre, no les interesa preguntarse qué pasará cuando ese poder cambie de manos: ¿seguirán de acuerdo en que la justicia siga legitimando todas las acciones de un gobierno con ideas opuestas? O igual a aquellos autoritaristas que defienden la idea de que un gobierno elegido por mayorías tiene derecho a ejercer cualquier acción arbitraria contra cualquier individuo cuando las ideas en el poder son las suyas (y quien se oponga es golpista). ¿Seguirán pensando igual cuando quienes ganan las elecciones tienen ideas diferentes? Pues los liberales que pugnan por destruir o no permitir el desarrollo del derecho a la secesión negándoselo a los movimientos separatistas no liberales, también están destruyendo la institucionalización de la libre secesión para separarse de un gobierno poco respetuoso de las libertades individuales.

Por otro lado, no ven tampoco que una secesión de una población menos liberal no hace más que beneficiar a la población más liberal de la cual se secesiona, al reducir la presión cultural antiliberal y su influencia en todas sus instituciones. Es decir, una secesión promovida por ideas menos liberales es al mismo tiempo una secesión de ideas más liberales. ¿No sería acaso beneficioso para el liberalismo en una sociedad que muchos de sus elementos menos liberales hagan su vida por separado sin molestar a quienes buscan más libertad?

Y finalmente, una vez separado, a un movimiento político antiliberal no le va a resultar sencillo sostener muchas de sus políticas, ya que debe competir con los otros estados de la región. Bajo una cultura de libertad de secesión además, nada evita que a su vez se generen otros movimientos separatistas en el territorio ya escindido.

Por lo tanto, no admitir el secesionismo es, desde el punto de vista ético una actitud antiliberal e irrespetuosa de la diversidad. Y desde el punto de vista práctico es incluso contraproducente rechazar un mecanismo que conduce a sociedades más libres.

Yo simplemente quedo anonadado ante los liberales que prefieren el creciente estatismo de la Unión Europea antes que cualquier intento de separatismo, al que etiquetan de xenófobo, racista y fundado en el odio, y ahí prácticamente termina su interpretación maniquea del fenómeno. Prefieren el supranacionalismo socialista europeo, que no deja de ser una forma de nacionalismo, pero mucho más amplia, y es crecientemente antiliberal, antes que la más mínima limitación o control a la circulación de personas, que ni siquiera es ni puede ser un valor liberal, como ya establecimos antes en el presente texto. Es decir, fundamentándose en la libertad como abstracción, sus ideas conducen a la destrucción de la libertad como cultura, como tradición, como realidad, como humanidad. Por otro lado, ya que muchos, ya totalmente perdidos, asemejan al separatismo con el nazismo, éste apuntaba sin embargo a un gran estado europeo y más allá. Mucho más cercano a la idea de Europa como super nación y super estado que a los nacionalismos separatistas, que son todo lo contrario a los nacionalismos de carácter imperial.

Es cierto que el nacionalismo también puede ser una excusa para el proteccionismo, pero no hay una relación causa efecto directa del primero al segundo. Un ejemplo es el caso del Brexit, al que ni siquiera se le puede atribuir una motivación proteccionista, ya que es la propia Unión Europea la que ha amenazado a Gran Bretaña de aislarla económicamente mientras que es ésta quien quiere mantener los lazos comerciales y la libre circulación de bienes y servicios con Europa. Por el contrario, son las grandes organizaciones supranacionales las que imponen regulaciones económicas y financieras de toda clase a los países miembro (y hasta a los que no lo son, a través de castigos comerciales y financieros). Y son los intentos como el Brexit los que le ponen freno.

Con los mismos argumentos son mucho más convenientes para la libertad los tratados bilaterales de libre comercio que los multilaterales. Los tratados bilaterales son más simétricos y los diversos tratados se contrapesan entre sí, ya que no pueden establecer regulaciones arbitrarias sin violar otros acuerdos. Por ambas razones desde un tratado bilateral no pueden imponerse regulaciones importantes. En cambio los tratados multilaterales tienden a la acumulación de regulaciones y su consecuencia inevitable: creciente burocratización y centralización de poder en un supraestado y, para justificar tal centralización, recurso a fabricar o alimentar sentimientos supranacionalistas entre todos los gobernados. Y ni siquiera son ajenos a la aplicación de limitaciones proteccionistas hacia afuera del bloque.

El uso de violencia extrema para imponer una sociedad liberal


Muchos liberales con los que he debatido, reconociendo las limitaciones, problemas e inconsistencias a las que la aplicación ciega del NAP (Non Agression Principle) conduce, optan sin embargo por irse al extremo opuesto: criminalización, persecución y hasta eliminación de quienes, al pensar en una sociedad diferente a la liberal, amenazan la forma de vida liberal. No sólo es una actitud claramente antiliberal el no intentar resolver el conflicto mediante el menor nivel de violencia posible, sino que además semejante justificación del uso extremo de violencia también legitima la violencia extrema de gobiernos no liberales contra individuos que quieren más libertad, con el mismo argumento: la amenaza de la forma de vida que impone el gobierno y que, guste o no, muchos ciudadanos, a veces incluso mayorías, apoyan.

Una discusión al respecto se suscitó recientemente con la muerte de Fidel Castro y su comparación con Pinochet. Ambos asesinaron opositores (aunque el régimen de Castro muchos más que el de Pinochet) para imponer una organización social determinada y eliminar cualquier amenaza a ella, y eso permitió a uno y a otro lograr sus objetivos. Chile hoy es gracias a eso un país mucho más libre, desarrollado y rico que Cuba, que en cambio está sumido en la miseria total. Por esto, podremos estar de acuerdo en que, desde el punto de vista liberal, los resultados de la dictadura de Pinochet son muy preferibles a los de la de Castro. Sin embargo, los medios utilizados y los costos humanos los colocan a ambos moralmente al mismo nivel: no podemos legitimar el uso de violencia de Pinochet contra los comunistas sin legitimar el uso de violencia de Castro contra quienes querían más libertad. ¿Permitió salvar a Chile de algo muchísimo peor? Sí. Pero como liberales lo que debemos preguntarnos es: ¿podría haberse logrado lo mismo con un nivel de violencia muy inferior? Y la respuesta también es afirmativa. Hay muchas soluciones posibles que pasan por un nivel de violencia menor, incluso cero.

Por ejemplo, muchos comunistas seguramente hubieran migrado voluntariamente a sus paraísos comunistas (Cuba, Europa del Este, China, Corea) sin ser forzados a nada, tan sólo con pagarles el pasaje de ida (y allí que se arreglen). Para los que no, un viaje forzado de ida a alguno de esos paraísos hubiera significado también un nivel de violencia muy inferior al asesinato. Pero una alternativa aún mucho menos violenta hubiera sido separar un territorio de Chile donde los comunistas pudieran intentar concretar su utopía pacíficamente, sin pretender imponérselo a los demás. Es más, el territorio separado puede perfectamente ser el más rico en recursos naturales. Los liberales sabemos de todas formas que una sociedad liberal no necesita poseer recursos naturales para desarrollarse, ya que el comercio suple lo que no se tiene. Por el contrario, los comunistas siempre están muy preocupados por el "control popular" de tales recursos ya que no sobreviven de otra manera que vendiéndolos (y ni siquiera así, como el caso de Venezuela lo demuestra), dado que las sociedades socialistas y comunistas son extremadamente improductivas y pobres, al destruir toda iniciativa e incentivo para producir.

Esta solución hubiera sido incluso más efectiva, ya que hubiera permitido un nivel de purga de las ideas antiliberales muy superior, y aún así con un nivel de violencia cero o casi cero.

No se cuál habría sido la solucion de los liberales contrarios al libre separatismo o pro libre inmigración a este último problema, ya que no aceptan ni la libre separación para establecer sociedades no liberales, ni la deportación a paraísos comunistas (que sería similar a aplicar control migratorio). Por otro lado, bajo su ideal concretado de estado mundial, no hay siquiera posibilidad de migración voluntaria a una sociedad comunista. Yo diría más bien que no habrían propuesto ninguna solución, hubieran negado el problema y el conflicto, como hacen ahora con los actuales, puesto que sus principios eliminan toda solución posible esperando que todo se resuelva solo. Y el resultado hubiera sido de todas formas la llegada al poder de un régimen anticomunista violento, o por el contrario, una espiral de violencia creciente del régimen comunista, inevitable para sostenerse en el poder. Es decir, frente a la pasividad total de esa clase de liberales, en cualquiera de los casos se hubiera desembocado en una sociedad violenta y por tanto antiliberal. Sin ideas liberales centradas e inteligentes, el destino de Chile era o sucumbir a una violencia creciente del régimen de Allende o el golpe de estado que finalmente se dió como reacción.

Por supuesto, no estoy pretendiendo que en dicha época tal conflicto se hubiera resuelto de las maneras que estoy sugiriendo. Tal pretensión es un anacronismo. No se le puede pedir a la Historia más de lo que fue, y faltaba (y aún falta) mucha cultura de libertad y de respeto para que tal clase de resolución pueda acontecer. Simplemente trazo una linea entre lo que debería ser la ética liberal, entre lo que debería defender un liberal, y lo que sucedió en tal momento.

El futuro del liberalismo


Sin ideas liberales centradas, pulidas e inteligentes, que no nieguen ni la realidad ni los conflictos derivados de las diferencias entre individuos y grupos humanos, que entiendan que el mercado y el capitalismo no sólo no resuelven todos los conflictos posibles sino que sólo pueden existir bajo un marco más amplio de una determinada tradición y cultura que ha de ser protegida; o en el otro extremo, que en nombre del liberalismo se ejerza un nivel de violencia inadmisible, el liberalismo nunca va a surgir como conjunto de ideas viables y convincentes frente a los diversos problemas y conflictos del mundo real, y las diversas sociedades no van a hacer más que pendular entre estatismos de diversas orientaciones y grados de autoritarismo.

La aplicación ciega del NAP sólo conduce a caer en la pasividad total frente a fenómenos que no se advierten como amenazas a la libertad.

Y si se niega el derecho a la secesión se elimina toda posibilidad de resolución de un rango importante de conflictos, que no se resuelven con libre mercado y capitalismo, y que sin ese componente adicional se terminan resolviéndo más tarde con un nivel importante de violencia, desde el estado o no, afectando todas las libertades. Es más, afirmo que sin libertad de secesión, el ideal liberal es inalcanzable.

Un liberalismo realista y consistente, en oposición al liberalismo dominante de carácter economicista, necesita primero entender y admitir la existencia de un amplio espectro de conflictos que van más allá de lo puramente económico, y luego pensarse en términos de mecanismos que busquen y descubran el nivel mínimo de violencia posible (cero como caso especial) que permita resolverlos. Es falaz pretender solucionar tales conflictos mediante el libre mercado puesto que afectan el marco mismo en que éste se puede desarrollar, con lo cual es ya un enorme error metodológico y conceptual asumir tal cosa. Es decir, se da vuelta la relación causa efecto y no se comprende que nunca puede alcanzarse un libre mercado (y en general, una sociedad liberal) donde ciertos conflictos no son resueltos de manera previa.