Pages

Showing posts with label libre inmigración. Show all posts
Showing posts with label libre inmigración. Show all posts

Monday, January 02, 2017

Liberalismo y Conflicto Social

Muchas veces frente a la urgencia provocada por ciertos sucesos de la realidad y la dificultad de asimilarlos apropiadamente en un marco teórico o filosófico determinado, muchos defensores de ciertos principios filosóficos y éticos, terminan aceptando ideas inconsistentes entre sí, sin percatarse de ello, o directamente sin preocuparse demasiado de tales inconsistencias, y dejando para más adelante su resolución, pero dejando a generaciones futuras con una carga dogmática que les cuesta sacarse de encima. Parece que absolutamente nada de los principios e ideas establecidas por generaciones anteriores puede tocarse, sin advertir que es inevitable hacerlo puesto que los conflictos lógicos, que bajo una realidad pasada no planteaban serios problemas --sino por el contrario, aún aparentaban proveer una solución--, a medida que la realidad cambia comienzan a ser problemáticos, y en lugar de ayudar a entenderla, por el contrario, tenemos defensores que la niegan con tal de no dejar en evidencia tales contradicciones ni abandonar un ápice nada de lo dicho anteriormente. Y tal problema se manifiesta transversalmente en todas las generaciones, desde las más jóvenes hasta las más veteranas.

Y eso pasa también con el liberalismo. Hace un tiempo me vengo sintiendo decepcionado de gran parte de los liberales en este sentido, que parecen anclados en ideas que hoy más que nunca se muestran conflictivas entre sí, frente a realidades que no comprenden y que prefieren negar, antes que entender o aceptar que tales posturas a través de las cuales las miran son claramente inconsistentes.

Con esto no quiero decir que basta un conjunto de ideas lógicamente consistentes para entender la realidad de forma exitosa. Lo que digo es que una condición absolutamente necesaria, no suficiente, para ello, es la consistencia lógica. Puesto que si no hay consistencia lógica, se está afirmando al mismo tiempo una cosa y su contrario, al describir la realidad y cómo debemos actuar. Por lo tanto, jamás puede ser exitoso un enfoque con aspectos lógicamente inconsistentes, excepto si los hechos de la realidad aún no ha sido los suficientes para ponerlos a prueba y dejarlos en evidencia.

El problema pasa a ser entonces cómo resolvemos tales inconsistencias y qué descartamos. En mis discusiones con liberales sobre tales temas conflictivos me he encontrado de todo. Desde quienes pretenden criminalizar, perseguir y hasta eliminar a los que no aceptan los principios del liberalismo, a quienes no aceptan el menor grado de violencia sin advertir que muchos conflictos de libertades sólo se pueden resolver forzando a una parte a ceder.

Debemos partir de la base que el adjetivo 'libre' no quiere decir que automáticamente algo deba ser aceptado por las ideas liberales y libertarias. Este enfoque ingenuo de algunos --liberales o no-- no advierte que la libertad de unos de hacer algo determinado frecuentemente entra en conflicto con la libertad de otros de hacer eso mismo o algo diferente. Y por lo tanto se necesitan criterios para resolverlos, primero en base a qué libertades preceden a cuáles, y luego, aplicando el menor nivel de violencia posible, empezando por la negociación de las partes. Debe aceptarse que en muchos casos el conflicto sólo podrá resolverse mediante la aplicación de violencia a una de las partes, y por tanto violentando alguna libertad, ya que no podemos pensar que siempre ambas van a ceder a la razón o a la decisión tomada por los tribunales de resolución. Pero tal violencia ha de ser la menor posible que permita resolver el conflicto.

Cuál es la escala de valores a aplicar --qué libertades preceden a cuáles--, y cuáles son los mecanismos de resolución, son fundamentales para separar la paja del trigo y determinar el futuro de las ideas de la libertad y las distintas clases de 'liberalismo'. El problema no es menor ya que, dependiendo de cómo se definan ambas cosas, se termina desembocando en resultados muy diferentes, al punto que utilizar la etiqueta 'liberalismo' o 'libertarianismo' para todos ellos termina perdiendo sentido. De hecho muchos liberales no advierten que su escala de valores y sus mecanismos de resolución, lejos de conducir a un mundo más libre puede muy bien terminar en el resultado opuesto, como consecuencia de todo lo antedicho: principios lógicamente conflictivos y escaso apego a la realidad.

Por lo tanto, el primer paso es entender que el liberalismo debe plantearse en términos de resolución de conflictos y no de aplicación ciega y abstracta de ciertos principios sin pensar en sus consecuencias, creyendo que todos los conflictos se van a resolver mágicamente donde hay cierto grado de institucionalidad liberal, mercado y capitalismo, y sin aplicar ni un mínimo de violencia. O por el contrario, creyendo que la mejor manera de resolver el conflicto es asesinando a una de las partes. Lo segundo seguro funciona mejor para resolver conflictos en el corto plazo, con toda seguridad, pero está muy lejano a la forma que un liberal debería intentar resolverlos: con la menor violencia posible. Además a largo plazo es tan peligroso para la libertad como el primer enfoque.

Y si la mayoría de los liberales son incapaces de desarrollar este proceso de asimilación, entonces van a seguir siendo incapaces de aportar soluciones a conflictos que existen pero que niegan que existan, y así seguirán quejándose de que posturas estatistas --extremas y no tanto-- sean las que tomen el poder en esta nueva rotación ideológica que parece estarse dando. Dado que esas posturas como mínimo hacen algo que muchos liberales no son capaces de hacer: aceptan la existencia de ciertos conflictos en lugar de minimizarlas o ignorarlas, ofrecen una solución, y se nutren políticamente de ellos ante la pasividad e ingenuidad liberal.

Las ideas que quiero exponer las vengo desarrollando desde hace mucho tiempo. En varios de mis artículos anteriores se va viendo el enfoque e ideas base que yo le doy al liberalismo y a la resolución de conflictos. Como antecedentes del presente artículo, enumero los siguientes:

Libertad y cultura


Más arriba expresé que «Debe aceptarse que en muchos casos el conflicto sólo podrá resolverse mediante la aplicación de violencia a una de las partes, y por tanto violentando alguna libertad, ya que no podemos pensar que siempre ambas van a ceder a la razón o a la decisión tomada. Pero tal violencia ha de ser la menor posible que permita resolver el conflicto.»

Sin embargo, muchos liberales son incapaces de asimilar esto, se refieren a la libertad como algo abstracto y entienden que cualquier violencia o limitación de alguna libertad a un individuo es contrario a los valores liberales, cuando la realidad es que la libertad como parte de una cultura, la única que tiene existencia real, no puede sostenerse sin un mínimo de violencia y por tanto, sin la violación de alguna libertad de alguien o muchos ante la necesidad de resolver conflictos que no pueden resolverse de otra manera.

La libertad no es un ente mágico, una abstracción, a la cuál mágicamente quedan sometidas las personas que llegan a un lugar determinado. La libertad reside en una cultura, es una tradición. Entender esto es fundamental para entender por qué los cambios demográficos e ideológicos afectan a la libertad. Es muy curioso que la mayoría, sino la totalidad, de quienes defienden la libre inmigración basados en que la libertad actúa con piloto automático obligando de alguna forma a todos a ajustarse a ella, son los primeros en ser antinacionalistas con el argumento exactamente opuesto: que la cultura nacionalista amenaza a la libertad. ¿Cómo es que esa libertad abstracta no frena a los nacionalismos locales pero sí frena y neutraliza a los nacionalismos y creencias religiosas fuertemente antiliberales de muchos movimientos migratorios? Los mismos que rechazan los nacionalismos con la explicación de que son un peligro para la libertad, ¿no consideran un peligro para la libertad la afluencia de masas de personas con una religión profundamente antiliberal? ¿Por qué todos los nacionalismos son amenazas para la libertad pero una religión o cualquier otra clase de creencia grupal no lo es? En ambos casos podemos usar y abusar del argumento del colectivismo. Es evidente que algo no cierra en ese enfoque.

No sólo la libertad no es un piloto automático. La libertad es una tradición extremadamente delicada y débil, difícil de sostener sin una constante vigilancia contra cualquier desvío. Y para ser afectada, es suficiente un mínimo cambio demográfico y cultural. ¿Por qué es esto? Precisamente, porque a diferencia de cualquier otra ideología política, intenta resolver conflictos de la forma menos violenta posible. Una neta mayoría, sobre el total de la población, de personas deseando libertad bajo un régimen autoritario o totalitario, es fácilmente controlable a través de un nivel de violencia muy superior de lo que una sociedad liberal jamás estaría dispuesta a aceptar. Hasta el asesinato y el genocidio son recursos posibles para tal fin. En cambio, basta una muy pequeña proporción demográfica de personas incapaces o no dispuestas de respetar una cultura de libertad, para que ésta sufra consecuencias graves en una sociedad relativamente liberal.

La libertad es una cultura, una tradición, y no otra cosa. Quien sostenga la idea que ningún rasgo cultural puede ser defendido de influencias externas, también está rechazando que la propia libertad deba ser defendida. Llamar a dicha defensa colectivismo o intervencionismo, y preteder con esa etiquetación rechazar toda defensa cultural, es de una superficialidad terrorífica. Si sólo las culturas antiliberales van a defenderse de influencias externas (porque no tienen complejo alguno en hacerlo), el mundo libre está condenado.

Libre inmigración


Por lo tanto, cualquiera que utilice el argumento del colectivismo contra el nacionalismo --y antes, contra las religiones, fenómeno que últimamente parece ser ignorado para no ofender los sentimientos de 'las nuevas víctimas'-- bajo sus propios argumentos jamás podría decir que la libre inmigración no puede afectar a la libertad y que, por el contrario, las instituciones liberales dominan la situación de forma automática. Cuando lo hacen establecen una obvia contradicción lógica interna.

Es decir, la libre inmigración encierra los mismos peligros que quienes la defienden le atribuyen a todos los nacionalismos. Por tanto es falaz afirmar que los problemas provocados por la inmigración provienen de un mercado insuficientemente libre y que se resolverían con libre mercado, cuando es cada vez más difícil llegar a un libre mercado bajo la afluencia constante de grandes masas migratorias provenientes de culturas fuertemente antiliberales. Es decir, se invierte la relación causa efecto y no se advierte que el marco cultural y de tradiciones bajo el cual el libre mercado puede desarrollarse, es afectado de forma negativa, y se pretende que con libre mercado se solucionen conflictos que en realidad dificultan precisamente el alcanzarlo, con lo cual su resolución son una condición previa al libre mercado y no a la inversa.

En conclusión, los movimientos migratorios no son necesariamente malos o buenos. Hay y hubieron de los buenos, que enriquecieron a la cultura que los recibió sin afectar o hasta favorecer las tradiciones de libertad. Pero de allí no se puede deducir que todos son iguales. Y a la inversa, el rechazo a la libre inmigración no implica afirmar que son todas malas y que hay que evitarlas. Quienes así razonan no parecen captar la diferencia que hay entre las fronteras cerradas a toda inmigración, y la discriminación inteligente y controlada. Ya incluso si sólo se admite la entrada de individuos para trabajar para una empresa o persona, existe una enorme limitación a la inmigración, ya que el ingreso requiere de un contrato laboral, comercial, más alguna responsabilidad legal asumida por el contratante local, con lo cual puede perfectamente coexistir el control migratorio y el libre mercado.

Por otro lado, como largamente expuse en Libertarianismo y libre inmigración , si partimos de que tanto la propiedad privada y el libre separatismo son principios fundamentales de las ideas libertarias, éstos conducen a la libre asociación y al derecho de admisión, ambos contrarios a la libre inmigración. Los liberales que responden a este argumento no captan el punto cuando manifiestan que en la situación actual estamos hablando de estados arrogándose el derecho de admisión, no de espacios privados o de libre separatismo. No advierten que al responder esto, están admitiendo de todas formas que los principios liberales por sí sólos no son suficientes para conducir a la libre inmigración, sino que están agregando una condición adicional, en este caso, la existencia de un estado. Es decir, a menos que eliminemos del liberalismo la propiedad privada y la libertad de asociación, o agreguemos otras condiciones adicionales (existencia de estado más una explícita prohibición de que controle la inmigración en su territorio), no hay argumento alguno para incluir la libre inmigración dentro de sus principios.

Y si no aceptamos el libre separatismo ni la libre asociación como principios del liberalismo, desembocamos inevitablemente en la idea de que debe existir un gran estado o supraestado mundial sin fronteras que imponga una idea única a todos los habitantes. A este enfoque lo llamaría totalitarismo liberal, ya que no permite otras opciones de vida y organización social que no sea la liberal. A pesar de este obvio carácter totalitario sin embargo, muchos liberales lo defienden. Por otro lado, ignoran el peligro de un estado mundial para las propias ideas liberales, al asumir que jamás va a haber un cambio de poder que comience a utilizarlo con otros propósitos. Ademas, la única manera de resolver cierta clase de conflictos bajo una sociedad semejante, es criminalizando el pensamiento diferente, es decir, ejerciendo un nivel de violencia mucho mayor al mínimo posible.

Por lo tanto, es inconsistente plantearse el problema de la libre inmigración como una libertad más que no puede violentarse y que hay que respetar1, cuando lo que hay no es una simple prohibición de una libertad, sino un conflicto que hay que resolver como tal, con el menor nivel de violencia posible.



Libertad, Nacionalismo y Religión


Entonces, el nacionalismo, ¿es malo? ¿es bueno? Los liberales antinacionalistas por principio, partiendo de la libertad como abstracción, dicen que siempre es malo, que no pueden haber nacionalismos buenos y nacionalismos malos. Como planteé antes, es curioso que últimamente para ellos las religiones no siempre son malas.

Lo cierto es que, tanto el nacionalismo como la religión como cualquier otra creencia grupal o colectiva, por ser tales no son ni malas ni buenas, ni liberales, ni antiberales. Simplemente, son. Son un hecho de la realidad. Y probablemente nunca van a dejar de existir sentimientos de pertenencia a algún grupo. Y así como hubieron y hay nacionalismos y religiones profundamente antiliberales, hay nacionalismos y religiones que no sólo no lo son, sino que hasta son un freno fundamental a la expansión de religiones y nacionalismos más amplios y poderosos, que sí pueden conducir a amenazas mucho más graves a la libertad.

El nacionalismo por sí sólo no genera violencia. La religión tampoco. Y lo mismo aplica a cualquier sentimiento de pertenencia o creencia. La violencia asociada a estos fenómenos es originada cuando no se respeta la opción de otros y se pretende imponer la propia. Y esto puede pasar, y pasa y ha pasado, con cualquier ideología, hasta con el liberalismo mismo. Sin embargo, muchos liberales sólo pueden ver el nacionalismo alemán o italiano que condujeron a la segunda guerra mundial, como si el fenómeno se completara con esos ejemplos. Durante esa época, acosados por la realidad de tales circunstancias, surgió una larga lista de liberales antinacionalistas que no digirieron bien el fenómeno. Pero eso no puede ser excusa para seguir sostendiendo la confusión.

Por otro lado, los nacionalismos también pueden perfectamente evitar conflictos y por lo tanto guerras, al separar lo diferente. Los antinacionalistas no advierten que pretender juntar a la fuerza culturas y visiones diferentes y no permitir opciones de organización social distintas, son causas de conflictos graves que hasta conducen a la guerra. Es ingenuo y falso creer que sólo los nacionalismos pueden crear conflictos y guerras, cuando de hecho el antinacionalismo los puede provocar aún peores. Bajo un marco cultural de respeto a las diferentes opciones de vida, el nacionalismo es una opción más que permite que diferentes grupos humanos se organicen como mejor les parezca sin molestar a otros. En cambio, el rechazo a todo sentimiento de grupo conduce a que todos deben ceñirse a un único modo de organización social o parámetros culturales y reglas de convivencia únicas.

Relacionado al problema migratorio y el soporte cultural de la libertad, anteriormente discutidos, Richard Storey2 propone el nacionalismo como mecanismo para conservar los aspectos liberales y libertarios de una cultura. No me parece que el nacionalismo sea estrictamente una necesidad, pero es un mecanismo posible ante la ausencia de otros frenos culturales.

Organizaciones supranacionales


Muchos liberales creen necesario un poder central que controle a los diferentes gobiernos para evitar el abuso contra sus ciudadanos. Semejante ingenuidad no contempla en absoluto la posibilidad de los abusos del gran supraestado central ni el hecho de que dichos abusos son ejercidos hacia grupos humanos y territorios mucho más amplios, y por tanto escapar de ellos se hace mucho más difícil. Y si un estado pequeño puede abusar de sus ciudadanos, ¿por qué uno más amplio no? De hecho cuanto más amplio, más peligroso. Pues cuanto más pequeños son los estados, mayor competencia hay entre ellos para que empresas y personas se establezcan en su territorio, ya que es menos costoso escapar de la influencia de uno para moverse hacia otro menos agresivo. De esta manera tienden a ser más competitivos, con menor peso fiscal y regulatorio. Esta competencia y limitación del poder de los gobiernos es aún mayor cuando el separatismo se convierte en una amenaza real hacia ese poder (La Sociedad Libre). Es decir, la multiplicidad de estados, y cuanto más pequeños mejor, conforman ya un sistema de contrapesos que limitan el poder y arbitrio de los gobiernos sobre sus ciudadanos, sin necesidad de un supraestado regulador que, lejos de ser una solución es, por el contrario, fuente de amenazas mucho más graves, precisamente por la ausencia o escasez de contrapesos.

Esta idea de poder central de muchos liberales se manifiesta sobre todo frente a la amenaza de separatismos promovidos por movimientos menos liberales en comparación con el estado del cual pretenden separarse. Y aquí se ve otro aspecto del liberalismo totalitarista que mencioné antes. Se comportan igual que aquellos autoritaristas que defienden la idea de una justicia que legitime todas las acciones del gobierno, cuando son sus ideas las que están en el poder. En su arrogancia de creer que van a gobernar por siempre, no les interesa preguntarse qué pasará cuando ese poder cambie de manos: ¿seguirán de acuerdo en que la justicia siga legitimando todas las acciones de un gobierno con ideas opuestas? O igual a aquellos autoritaristas que defienden la idea de que un gobierno elegido por mayorías tiene derecho a ejercer cualquier acción arbitraria contra cualquier individuo cuando las ideas en el poder son las suyas (y quien se oponga es golpista). ¿Seguirán pensando igual cuando quienes ganan las elecciones tienen ideas diferentes? Pues los liberales que pugnan por destruir o no permitir el desarrollo del derecho a la secesión negándoselo a los movimientos separatistas no liberales, también están destruyendo la institucionalización de la libre secesión para separarse de un gobierno poco respetuoso de las libertades individuales.

Por otro lado, no ven tampoco que una secesión de una población menos liberal no hace más que beneficiar a la población más liberal de la cual se secesiona, al reducir la presión cultural antiliberal y su influencia en todas sus instituciones. Es decir, una secesión promovida por ideas menos liberales es al mismo tiempo una secesión de ideas más liberales. ¿No sería acaso beneficioso para el liberalismo en una sociedad que muchos de sus elementos menos liberales hagan su vida por separado sin molestar a quienes buscan más libertad?

Y finalmente, una vez separado, a un movimiento político antiliberal no le va a resultar sencillo sostener muchas de sus políticas, ya que debe competir con los otros estados de la región. Bajo una cultura de libertad de secesión además, nada evita que a su vez se generen otros movimientos separatistas en el territorio ya escindido.

Por lo tanto, no admitir el secesionismo es, desde el punto de vista ético una actitud antiliberal e irrespetuosa de la diversidad. Y desde el punto de vista práctico es incluso contraproducente rechazar un mecanismo que conduce a sociedades más libres.

Yo simplemente quedo anonadado ante los liberales que prefieren el creciente estatismo de la Unión Europea antes que cualquier intento de separatismo, al que etiquetan de xenófobo, racista y fundado en el odio, y ahí prácticamente termina su interpretación maniquea del fenómeno. Prefieren el supranacionalismo socialista europeo, que no deja de ser una forma de nacionalismo, pero mucho más amplia, y es crecientemente antiliberal, antes que la más mínima limitación o control a la circulación de personas, que ni siquiera es ni puede ser un valor liberal, como ya establecimos antes en el presente texto. Es decir, fundamentándose en la libertad como abstracción, sus ideas conducen a la destrucción de la libertad como cultura, como tradición, como realidad, como humanidad. Por otro lado, ya que muchos, ya totalmente perdidos, asemejan al separatismo con el nazismo, éste apuntaba sin embargo a un gran estado europeo y más allá. Mucho más cercano a la idea de Europa como super nación y super estado que a los nacionalismos separatistas, que son todo lo contrario a los nacionalismos de carácter imperial.

Es cierto que el nacionalismo también puede ser una excusa para el proteccionismo, pero no hay una relación causa efecto directa del primero al segundo. Un ejemplo es el caso del Brexit, al que ni siquiera se le puede atribuir una motivación proteccionista, ya que es la propia Unión Europea la que ha amenazado a Gran Bretaña de aislarla económicamente mientras que es ésta quien quiere mantener los lazos comerciales y la libre circulación de bienes y servicios con Europa. Por el contrario, son las grandes organizaciones supranacionales las que imponen regulaciones económicas y financieras de toda clase a los países miembro (y hasta a los que no lo son, a través de castigos comerciales y financieros). Y son los intentos como el Brexit los que le ponen freno.

Con los mismos argumentos son mucho más convenientes para la libertad los tratados bilaterales de libre comercio que los multilaterales. Los tratados bilaterales son más simétricos y los diversos tratados se contrapesan entre sí, ya que no pueden establecer regulaciones arbitrarias sin violar otros acuerdos. Por ambas razones desde un tratado bilateral no pueden imponerse regulaciones importantes. En cambio los tratados multilaterales tienden a la acumulación de regulaciones y su consecuencia inevitable: creciente burocratización y centralización de poder en un supraestado y, para justificar tal centralización, recurso a fabricar o alimentar sentimientos supranacionalistas entre todos los gobernados. Y ni siquiera son ajenos a la aplicación de limitaciones proteccionistas hacia afuera del bloque.

El uso de violencia extrema para imponer una sociedad liberal


Muchos liberales con los que he debatido, reconociendo las limitaciones, problemas e inconsistencias a las que la aplicación ciega del NAP (Non Agression Principle) conduce, optan sin embargo por irse al extremo opuesto: criminalización, persecución y hasta eliminación de quienes, al pensar en una sociedad diferente a la liberal, amenazan la forma de vida liberal. No sólo es una actitud claramente antiliberal el no intentar resolver el conflicto mediante el menor nivel de violencia posible, sino que además semejante justificación del uso extremo de violencia también legitima la violencia extrema de gobiernos no liberales contra individuos que quieren más libertad, con el mismo argumento: la amenaza de la forma de vida que impone el gobierno y que, guste o no, muchos ciudadanos, a veces incluso mayorías, apoyan.

Una discusión al respecto se suscitó recientemente con la muerte de Fidel Castro y su comparación con Pinochet. Ambos asesinaron opositores (aunque el régimen de Castro muchos más que el de Pinochet) para imponer una organización social determinada y eliminar cualquier amenaza a ella, y eso permitió a uno y a otro lograr sus objetivos. Chile hoy es gracias a eso un país mucho más libre, desarrollado y rico que Cuba, que en cambio está sumido en la miseria total. Por esto, podremos estar de acuerdo en que, desde el punto de vista liberal, los resultados de la dictadura de Pinochet son muy preferibles a los de la de Castro. Sin embargo, los medios utilizados y los costos humanos los colocan a ambos moralmente al mismo nivel: no podemos legitimar el uso de violencia de Pinochet contra los comunistas sin legitimar el uso de violencia de Castro contra quienes querían más libertad. ¿Permitió salvar a Chile de algo muchísimo peor? Sí. Pero como liberales lo que debemos preguntarnos es: ¿podría haberse logrado lo mismo con un nivel de violencia muy inferior? Y la respuesta también es afirmativa. Hay muchas soluciones posibles que pasan por un nivel de violencia menor, incluso cero.

Por ejemplo, muchos comunistas seguramente hubieran migrado voluntariamente a sus paraísos comunistas (Cuba, Europa del Este, China, Corea) sin ser forzados a nada, tan sólo con pagarles el pasaje de ida (y allí que se arreglen). Para los que no, un viaje forzado de ida a alguno de esos paraísos hubiera significado también un nivel de violencia muy inferior al asesinato. Otra alternativa aún mucho menos violenta hubiera sido separar un territorio de Chile donde los comunistas pudieran intentar concretar su utopía pacíficamente, sin pretender imponérselo a los demás. Es más, el territorio separado puede perfectamente ser el más rico en recursos naturales. Los liberales sabemos de todas formas que una sociedad liberal no necesita poseer recursos naturales para desarrollarse, ya que el comercio suple lo que no se tiene. Por el contrario, los comunistas siempre están muy preocupados por el "control popular" de tales recursos ya que no sobreviven de otra manera que vendiéndolos (y ni siquiera así, como el caso de Venezuela lo demuestra), dado que las sociedades socialistas y comunistas son extremadamente improductivas y pobres, al destruir toda iniciativa e incentivo para producir.

Esta solución hubiera sido incluso más efectiva, ya que hubiera permitido un nivel de purga de las ideas antiliberales muy superior, y aún así con un nivel de violencia cero o casi cero.

No se cuál habría sido la solucion de los liberales contrarios al libre separatismo o pro libre inmigración a este último problema, ya que no aceptan ni la libre separación para establecer sociedades no liberales, ni la deportación a paraísos comunistas (que sería similar a aplicar control migratorio). Por otro lado, bajo su ideal concretado de estado mundial, no hay siquiera posibilidad de migración voluntaria a una sociedad comunista. Yo diría más bien que no habrían propuesto ninguna solución, hubieran negado el problema y el conflicto, como hacen ahora con los actuales, puesto que sus principios eliminan toda solución posible esperando que todo se resuelva solo. Y el resultado hubiera sido de todas formas la llegada al poder de un régimen anticomunista violento, o por el contrario, una espiral de violencia creciente del régimen comunista, inevitable para sostenerse en el poder. Es decir, frente a la pasividad total de esa clase de liberales, en cualquiera de los casos se hubiera desembocado en una sociedad violenta y por tanto antiliberal. Sin ideas liberales centradas e inteligentes, el destino de Chile era o sucumbir a una violencia creciente del régimen de Allende o el golpe de estado que finalmente se dió como reacción.

Por supuesto, no estoy pretendiendo que en dicha época tal conflicto se hubiera resuelto de las maneras que estoy sugiriendo. Tal pretensión es un anacronismo, ya que en esa época no habían ni fuerzas liberales suficientes, ni mucho menos la clase de liberalismo que estoy planteando.

No se le puede pedir a la Historia más de lo que fue, y faltaba (y aún falta) mucha cultura de libertad y de respeto para que tal clase de resolución pueda acontecer. Simplemente trazo una linea entre lo que debería ser la ética liberal, entre lo que debería defender un liberal, y lo que sucedió en tal momento.

El futuro del liberalismo


Sin ideas liberales centradas, pulidas e inteligentes, que no nieguen ni la realidad ni los conflictos derivados de las diferencias entre individuos y grupos humanos, que entiendan que el mercado y el capitalismo no sólo no resuelven todos los conflictos posibles sino que sólo pueden existir bajo un marco más amplio de una determinada tradición y cultura que ha de ser protegida; o en el otro extremo, que en nombre del liberalismo se ejerza un nivel de violencia inadmisible, el liberalismo nunca va a surgir como conjunto de ideas viables y convincentes frente a los diversos problemas y conflictos del mundo real, y las diversas sociedades no van a hacer más que pendular entre estatismos de diversas orientaciones y grados de autoritarismo.

La aplicación ciega del NAP sólo conduce a caer en la pasividad total frente a fenómenos que no se advierten como amenazas a la libertad.

Y si se niega el derecho a la secesión se elimina toda posibilidad de resolución de un rango importante de conflictos, que no se resuelven con libre mercado y capitalismo, y que sin ese componente adicional se terminan resolviéndo más tarde con un nivel importante de violencia, desde el estado o no, afectando todas las libertades. Es más, afirmo que sin libertad de secesión, el ideal liberal es inalcanzable.

Un liberalismo realista y consistente, en oposición al liberalismo dominante de carácter economicista, necesita primero entender y admitir la existencia de un amplio espectro de conflictos que van más allá de lo puramente económico, y luego pensarse en términos de mecanismos que busquen y descubran el nivel mínimo de violencia posible (cero como caso especial) que permita resolverlos. Es falaz pretender solucionar tales conflictos mediante el libre mercado puesto que afectan el marco mismo en que éste se puede desarrollar, con lo cual es ya un enorme error metodológico y conceptual asumir tal cosa. Es decir, se da vuelta la relación causa efecto y no se comprende que hay un espectro de conflictos que no se pueden resolver con libre mercado si la resolución de tales conflictos es una condición previa para alcanzar una sociedad de cultura y tradiciones liberales y por tanto, un mercado libre.


Notas

[1] De hecho Hans Hermann Hope demuestra que la libre inmigración no puede ser un derecho individual. Para completar el tema, sugiero al lector la siguiente lectura: Las fronteras abiertas son un ataque a la propiedad privada (Lew Rockwell). 

[2] El libertarismo necesita nacionalismo: Por qué da resultados tener una identidad nacional (Richard Storey).

Monday, September 07, 2015

Libertarianismo y libre inmigración

Me llama poderosamente la atención que la gran mayoría de los libertarios defiendan la libre inmigración con el argumento de que es consecuencia de los principios libertarios. En los debates en los que he participado, parece que el sólo hecho que 'libre inmigración' contenga el adjetivo 'libre', basta para que sea algo que los libertarios tenemos que defender para ser consistentes con nuestros principios.

Esta opinión generalizada sobre la libre inmigración entre filas libertarias proviene de un insuficiente o carente análisis serio del problema, sumado al hecho de que la mayoría de los libertarios tienden a analizar todo problema tan sólo bajo el aspecto del libre mercado y no de las instituciones que lo sostienen. Todo libertario debería profundizar más su visión de los problemas incluyendo un análisis institucional, en lugar de limitarse a lo estrictamente referente al mercado.

El término libertarianismo proviene de la palabra libertad. Los libertarios defendemos la libertad individual en los términos más amplios posibles, entendiendo libertades como aquellas acciones que nadie nos puede prohibir. Más amplios posibles significa trazar límites. Estos límites son lógicos, puesto que la libertad de todo individuo termina donde comienza la libertad de otros individuos. Y eso implica definir un límite. No tenemos la libertad de matar o utilizar la fuerza sobre otros para hacer algo que no quiere, simplemente porque estamos violentando la libertad de esos otros a hacer  de su vida lo que le plazca, de manera que es lógicamente imposible defender toda clase de libertades, porque unas clases de libertades violentan otras. Y la idea del libertarianismo es que todos tengamos las mismas libertades.

El libertarianismo reconoce a la propiedad privada, precisamente como el primer criterio para trazar esos límites. La primer propiedad privada es el cuerpo. No tenemos la libertad de violentar el cuerpo de otra persona porque es de su propiedad. No tenemos la libertad de invadir el hogar de otra persona porque es su propiedad, no importa que tal acción pueda salvarnos la vida. La propiedad privada, como límite para trazar entre libertades conflictivas, implica exclusión. Eso no significa que nadie pueda entrar a propiedad privada de otro, sino que la entrada está bajo absoluto criterio de su propietario: esto no es más que el derecho de admisión.

Nadie deja entrar a su casa a cualquiera para luego asegurarse que ese cualquiera no tiene malas intenciones o su presencia no nos va a molestar o nos va a gustar. Es al contrario: no dejamos entrar a nadie, excepto si conocemos a la persona, o sabemos que viene con buenas intenciones, o queremos que entre, etc. No por eso vamos a decir que estamos aplicando una presunción de culpabilidad a todo el mundo y castigándolo por crímenes que no cometió. Es claramente una ridiculez argumental decir tal cosa. Es nuestra propiedad, y nosotros decidimos quién entra y quién no. No hay castigo ni presunción de culpabilidad de algún crimen. Es simple derecho de admisión.

El caso parece complicarse porque no estamos hablando de un territorio privado, sino de un territorio estatal. Sin embargo, esto no resuelve nada a favor de la libre inmigración. Desde el momento en que no estamos hablando de propiedad privada sino de propiedad estatal, desde el libertarianismo no podemos decir qué puede hacer un estado con su territorio, porque ya está fuera del alcance de la teoría libertaria, que presupone propiedad privada como solución para resolver conflictos, y afirma que la propiedad pública resulta en conflictos irresolubles, uno de los cuales es la tragedia de los comunes.

Lo único que se puede hacer desde el libertarianismo es exigir que ese territorio deje de ser estatal para en su lugar pase a ser privado. Pero una vez logrado eso, ya opera el derecho de admisión, contrario a la libre entrada de inmigrantes. Y por tanto es su propietario o propietarios quienes tienen toda la libertad de decidir quiénes pueden o no pueden entrar.

Es decir, no sólo no existe absolutamente nada en el libertarianismo que prescriba la libre inmigración, sino al contrario, el libertarianismo se fundamenta en un principio de exclusión: la propiedad privada. Con lo cual es asombroso que la mayoría de los libertarios se escandalicen cuando oyen a alguien hablar de exclusión y contra la libre inmigración.

Pero por otro lado, muchos libertarios tienden a rechazar una idea sólo porque es ejercida por el Estado. ¿Debemos estar en contra de la justicia tan sólo porque hoy el monopolio lo tiene el estado? ¿Debemos estar en contra de la existencia de un servicio eléctrico en aquellos lugares donde el Estado lo monopoliza? Entonces, ¿debemos estar en contra del control migratorio sólo porque su monopolio lo ejerce hoy el Estado?

La mayoría de los libertarios ven el problema de la libre inmigración tan sólo como un conflicto entre una libertad y una prohibición, y por lo tanto, según ellos el libertarianismo prescribe la libre inmigración. No advierten que en realidad es un conflicto entre dos libertades diferentes: la libertad de unos de entrar a un territorio, y la libertad de quienes habitan ese territorio de convivir sólamente con aquellos que quieran. Observar que la mayoría de los libertarios defienden la libre secesión. Y sin embargo, nada más contrario a la libre secesión que la libre inmigración. Pues, ¿qué sentido tendría secesionarse si luego cualquiera podría entrar a ese nuevo territorio? El propósito de secesionarse es convivir en sociedad tan sólo con aquellos individuos que piensen similar. Si hay libre inmigración, no hay libre secesión, y viceversa. Es una libertad frente a otra, y no una arbitraria prohibición o reducción de libertad. Quien admite la necesidad de la libre secesión, admite por lógica que no podemos aceptar la libre inmigración.

Observar entonces que, decir que el estado no tiene derecho a prohibir la libre inmigración sobre territorio público, no es un argumento libertario. Muy al contrario, es un argumento estatista, pues se necesita la existencia de propiedad pública para que exista libre inmigración, ya que la propiedad privada la excluye. Y ni siquiera es la propiedad pública una condición suficiente, puesto que es necesario más que su existencia para que exista la libre inmigración. Pero no voy a meterme en esa línea de discusión, pues yo soy libertario, no estatista, y este artículo propone dar argumentos libertarios, no estatistas. Que el tema lo sigan discutiendo entre estatistas. Tal vez muchos libertarios no terminen de aceptar todas las consecuencias lógicas de la propiedad privada, y necesiten algo de estado a fin de cuentas.

Lo que sí podría discutirse un poco más es si conviene o no a una sociedad permitir la libre inmigración. Pero ya es un tema completamente separado del tema de si el libertarianismo la prescribe o no. Ya no es una discusión ética en base a los principios libertarios, sino tan sólo una discusión práctica en base a los resultados esperados.

La mayoría de los libertarios dicen que sí, que siempre conviene la libre inmigración, porque implica más gente para comerciar, para producir, para trabajar, etc. Eso es un punto a favor de la libre inmigración, sobre todo cuando se discute con quienes la rechazan con el argumento de que quitan trabajo e implican subsidios estatales que todos pagamos. Los libertarios en este sentido tenemos nuestra argumentación económica que refuta la idea de que los inmigrantes quitan trabajo. También neutralizamos el argumento del aumento de los subsidios estatales ya que mostramos la obviedad de que el problema entonces no es la inmigración, sino la existencia de dichos subsidios.

En cuanto al argumento de que los inmigrantes traen crimen y violencia, la mayoría de los libertarios contestan que no podemos presumir culpabilidad a priori, y que para algo ya existe el ordenamiento jurídico: para castigar crímenes y violencia contra el individuo. Entonces: ¿a qué temer? Ya existe la criminalidad en nuestra sociedad y ya existen los instrumentos para combatirla.

Y acá es donde trastabilla de nuevo la opinión mayoritaria de los libertarios. Para empezar, como discutimos arriba, no dejar entrar inmigrantes no es presumir culpabilidad o castigarlos por crímenes que no se cometieron, de la misma manera que no dejar entrar a tu casa a desconocidos tampoco lo es. Con lo cual lo de la presunción de culpabilidad es sencillamente un argumento ridículo.

Pero más importante aún, es entender que las instituciones que defienden la libertad no son dadas, trascendentales, impuestas por dioses por encima de los humanos, inmunes y con poder absoluto sobre los individuos de una sociedad. Las instituciones son fenómenos culturales, es decir, residen en la cultura de la sociedad en la que se manifiestan. Y son mucho más vulnerables de lo que la mayoría de la gente cree. De hecho vemos todos los días cómo, y sobre todo en las sociedades infectadas por el populismo, las primeras pequeñas violaciones a la libertad van condicionando a la cultura y las instituciones a aceptarlas cada vez más frecuentes y peores. Y en el correr de pocos años resulta una sociedad sin contrapesos para defender a nadie del poder absoluto del gobierno. Nada de esto hubiera sido posible sin un substrato cultural muy particular que ha rechazado la libertad y responsabilizado a ella de todos los males del mundo, hasta de las incapacidades propias.

Los inmigrantes llevan a donde van su cultura y por lo tanto, el acervo cultural que sostiene las instituciones de donde provienen. Por eso en países como EEUU, de inmigración fundamentalmente anglosajona, se han logrado sociedades mucho más libres que en los países de inmigración fundamentalmente latina, que son más propensos al populismo, al socialismo, al fascismo, etc. en general, a sociedades más totalitarias y dictatoriales.

EEUU ha recibido muchas oleadas migratorias de diversas partes del mundo luego de la primera oleada de inmigrantes anglosajones, sobre todo europeas. Y mantuvo razonablemente la calidad de las instituciones liberales, aunque últimamente vemos como se está 'latinoamericanizando', lo cual no es de extrañar dado que viene acumulando influencia cultural de inmigrantes latinoamericanos desde hace muchas décadas.

Toda institución sufre cambios frente a las oleadas inmigratorias. El lenguaje, el acervo histórico, la comida, la vestimenta, los mitos, etc. Defender esas instituciones contra la influencia extranjera sólo le interesan a los nacionalistas, no a los libertarios, a quienes nos agrada la diversidad y la mezcla cultural. Pero a un libertario lo que le debe importar, si realmente cree en sus principios, es defender las instituciones que defienden la libertad. Y éstas pueden no verse influídas, o incluso potenciadas, si las oleadas migratorias provienen de países con una cultura de respeto a la libertad. Pero se ven seriamente debilitadas cuando las oleadas migratorias provienen de culturas donde se tolera y se consiente la violencia contra el individuo de diversas maneras.

Entonces, el funcionamiento de las instituciones liberales no es automático. Funciona en la medida en que la gran mayoría de la gente respeta la libertad del otro. Pero dejan de ser eficientes cuando comienzan a masificarse las influencias en sentido contrario: la tolerancia, la indiferencia, el consentimiento frente a la violencia contra el individuo. Eso no sólo sucede cuando los individuos "se dejan estar" frente a influencias internas que comienzan a crecer (como el nazismo en la Alemania de los años 30), sino también, y de forma mucho más rápida aún, cuando se reciben grandes masas migratorias de personas que no están acostumbradas a sentir y vivir bajo la influencia de la libertad y sus instituciones. Cuando la influencia migratoria desde esta clase de culturas es pequeña, los inmigrantes suelen adaptarse con los años. Pero cuando ésta es grande, los inmigrantes comienzan a producir transformaciones profundas y comienza a institucionalizarse la violencia, porque ésta pierde contención.

Otra forma de verlo, al estilo de cómo argumentaba Hoppe, es imaginarse que un buen día sacamos a todos los suizos de Suiza y ponemos sólo población musulmana. ¿Seguirá siendo la misma suiza sólo porque ocupan el mismo territorio? ¿seguirá existiendo la misma cultura de libertad sólo porque los musulmanes están en territorio suizo? A menos que creamos que la cultura de una sociedad depende de alguna influencia mágica del territorio que ocupan, es obvio que no es así. Es un caso extremo, pero podemos imaginar a continuación qué pasaría si queda sólo un suizo. O dos, o tres, frente a millones de musulmanes. ¿Seguiría existiendo la cultura de libertad que hay en Suiza?

Evidentemente hay una masa crítica de inmigrantes a partir de la cual las instituciones suizas dejan de funcionar y comienza a dominar la cultura musulmana y sus instituciones. Incluso aunque en el poder judicial, legislativo y ejecutivo se conserven autoridades suizas, y el resto de la población es musulmana, es muy claro que las primeras no van a poder gobernar a las segundas, ya que se necesita una muy importante masa de ciudadanos que considere legítimas a las autoridades. Lo mismo sucedería si sustituyéramos todas las autoridades musulmanas de un país musulmán, por suizos.

Las instituciones no se imponen a la fuerza, como muchos libertarios parecen creer. La amenaza del uso de la fuerza tan sólo evita que una pequeña minoría sea capaz de desestabilizarlas. Pero no funciona para sostenerlas frente a una enorme cantidad de gente que no cree en ellas y que las violenta masivamente.

Por lo tanto, la inmigración de por sí no es una amenaza a la libertad. No es ni buena ni mala. Puede traer más prosperidad como todo lo contrario. Sí es mala la libre inmigración, es decir, la inmigración irrestricta y sin ninguna clase de selectividad en cuanto al acervo cultural que traen, porque no permite discriminar. Y no se trata de la estúpida generalización de 'todos los que vienen de aquí o de allá son criminales'. Se trata de que aún los que no son criminales, si provienen de ciertas culturas donde se tolera un grado importante de violencia contra el individuo, o traen consigo esa violencia (por ejemplo el trato que se da a las mujeres en algunas culturas), o traen un acervo cultural que permite el desarrollo de dicha violencia, aunque sea en forma de tolerancia y consentimiento pasivo, o no reconocen legitimidad en la forma en que se solucionan los conflictos en la sociedad a la que llegan,  y aunque lo que busquen sea vivir más seguros en una sociedad que promete otra cosa, entonces la cultura de libertad sencillamente se desmorona, y lo que se logró fue todo lo contrario a lo que los defensores de la libre inmigración buscaban: en nombre de la libertad, la destruyeron, puesto que la libertad que defendieron fue la libertad de destruir el resto de las libertades. Tal es la ingenuidad de muchos libertarios.

En conclusión, la libertad no es algo dado en las sociedades libres. No es un bloque sólido e inviolable, inmune a toda influencia externa. No es un halo mágico que protege a los individuos. Es parte de su cultura y su práctica diarias. Residen en la cultura, y viajan con ella. No son una característica de un territorio. Y como tal, al igual que el resto de sus aspectos culturales, sufren transformaciones ante la influencia de las olas migratorias. Dichas transformaciones pueden ser buenas, o pueden ser malas. No es de libertario asumir a priori que son buenas si esas transformaciones implican o pueden implicar el deterioro de la cultura de libertad. O lo que queda de ella. Pues ya el trabajo de los libertarios en casa es muy difícil como para que encima de eso los estatistas reciban refuerzos de grandes masas de individuos que desconocen qué es vivir en libertad y los compromisos que implica para sostener esa clase de vida.

Algunos no convencidos con todo esto se autoconfunden trazando una analogía entre la libre circulacion de mercancías y la libre circulación de personas. Si existe libre circulación de mercancías, debíera existir libre circulación de personas. ¿Cuál es la diferencia? Sencillo. La libre circulación de mercancías no deteriora la cultura de libertad. Las mercancías no tienen cultura, no tienen voluntad. Las personas sí.

Es muy fácil tratar de desalmados a los que no permiten la entrada de gente que intenta escapar de la miseria de sus países de orígen. Sobre todo si se acompaña con fotos de niños muertos. Muchos libertarios, al apelar a esta clase de argumentos emocionales, me resultan como que todavía no han superado la manipulación emocional de las ideologías populistas que con las mismas tácticas buscan horadar la libertad todos los días.

Antes bien deberíamos enfocarnos en comprender las causas de esas tragedias humanas en los países orígen, qué tanto defienden la libertad en dichos países y por lo tanto qué tanto pueden socavar la cultura de libertad allí dónde van, y por qué no presionar más bien para que sean recibidos por países con cultura mucho más similar que no estén viviendo la misma tragedia, en lugar de apelar al facilismo políticamente correcto de culpar a Occidente siempre, ese mismo Occidente que por algo es elegido por quienes huyen.